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96 años en la memoria

Luis Ortiz Luis Ortiz

Autor:

Luis Ortiz

Edad:

 96 años

Localidad:

Bilbao 

Nadie que le ve se lo cree. Nos espera en “La Granja” y no nos permite invitarle al café, nos lleva al rincón donde, según nos dice, ya le han hecho varios reportajes; nos hace sentar y, por su empeño, le dejamos que nos sirva. Ya está acostumbrado a enseñar su DNI para demostrar que, como él dice, poco le falta para los 97.

Se ha operado de cataratas para que le renueven el carné de conducir pues “necesito el coche para bajar al banco de alimentos” donde ficha a las 7 de la mañana para llevar una parte importante de la administración hasta que cierra la oficina, a las 12:00 horas. Es el voluntario de más edad de todos los bancos de alimentos de Europa y desconoce si también del resto del mundo. Nos explica que no puede faltar ningún día porque como tiene buena memoria es a él a quien le preguntan la mayoría de las cosas. Nos convencemos de ello cuando nos da con todo tipo de detalles las cifras sobre procedencias, distribución, donativos, tipos de alimentos, evolución del banco y aumento de la pobreza.

Se disculpa por no traer nada escrito pero nos aclara que es uno de los precursores del “cero papel” porque le gusta prepararse las reuniones pero prefiere llevar las notas y las cifras en la cabeza. Nos invita a empezar la entrevista con su pulso firme y en un ambiente acogedor, ofreciéndose para todo lo que necesitemos, eso sí, siempre que sea por las tardes y no coincida con compromisos previos, pues se le ha encomendado una misión que muy, muy pocos pueden desempeñar: el ser testigo directo de acontecimientos que ocurrieron a principios del siglo pasado y sobre todo, el poder trasmitir personalmente sensaciones de muchas personas que han formado parte de su agitada vida. “Todos los años me esperan en el homenaje de Perpignan porque lo que les gusta es que les hable de cómo eran sus abuelos, o sus bisabuelos, y que es lo que hacían aquí conmigo”.

Mi compañera de entrevista, aun no se cree que tenga casi 97 años.Nací en martes y 13, el próximo 13 de octubre es mi cumpleaños. Mi mujer nació un 13, viví en Almería en un piso 13 y mi casa en Bilbao es un número 13, y por algo será que esta entrevista es en el 2013. El 13 es mi número favorito”. Así comienza su relato, tal vez con la intención de dejar claro desde el principio que nada en su vida se ha debido a la mala suerte.

El 18 de julio del 36, cuando estalla la guerra, yo tenía 19 años. Mi padre era republicano y yo me dedicaba a mi trabajo, mis estudios y a mi novia, no era de esas personas con actividad política ni estaba afiliado a ningún partido. Al cambiar repentinamente la situación del país y mi perspectiva de vida me incorpore en el mes de agosto del 36 al batallón “Capitán Casero” que se organizó en las escuelas de Múgica, en Bilbao, en la calle Santa María junto a la Ribera. Como tenía nociones de Morse - porque estaba estudiando radio y televisión por correspondencia con un instituto de California- me pusieron en trasmisiones.

En vez de estar con el fusil mi misión era llevar partes y sobres para que tomaran las decisiones, ya que entonces no había ni teléfono y luego estaban aquellos de manivela. De allí fuimos a Orduña, luego en Artxanda combatiendo, de alli a Larrabetzu, a Goikolegea, que esta en las estribaciones del monte Bizkai, tuvimos que hacer la retirada del famoso cinturón de hierro y reculando, reculando, llegamos nuevamente a Bilbao, pasamos una noche y luego tuvimos que salir andando hasta Castro para intentar reorganizarnos otra vez; nos ametrallaban los cazas italianos o alemanes pero llegamos. A estas alturas de la guerra se estaban deshaciendo los batallones, los franquistas estaban mejor preparados, les ayudaban los alemanes y los italianos y nosotros ni teníamos conocimientos militares  ni nada.Explotó una bomba que me rompió varias costillas pero llegaron los Italianos y tuve que salir corriendo como pude y en el puerto me tiré a un pesquero que nos llevó a Francia  Luego fuimos hasta Santander, Asturias y siempre reculando y perdiendo batallas. En Santander, en el alto del Escudo me hirieron. Explotó una bomba que me rompió varias costillas pero llegaron los Italianos y tuve que salir corriendo como pude y en el puerto me tiré a un pesquero que nos llevó a Francia con mas de 400 personas en cubierta. Al llegar a Francia solo quedaban dos opciones: o con Franco o a Barcelona. Con Franco nadie, así que a Barcelona. Indalecio Prieto, ministro del ejercito republicano organizó un batallón de esquiadores para premiarnos a los vascos que habíamos hecho la campaña del Norte y nos mando a Benasque, donde estaba la base. Allí estuvimos recibiendo unas clases de esquí, con ropa bonita, pero que no sirvió de nada porque al poco tuvimos que salir al frente de Huesca y otra vez lo de siempre a retroceder nuevamente hasta volver a Barcelona. Y allí aguantamos hasta volver nuevamente a Francia.

Yo terminé la Guerra de Teniente de Ingenieros en el último batallón donde me destinaron por mis conocimientos. Fue el 10 de Febrero del 39 cuando pasé la frontera. Lo último que hicimos fue volar la carretera de Seo de Urgel hasta Puigcerda -22 km- y pasamos a Francia donde nos juntamos con miles de vascos, no solo combatientes sino también refugiados, madres, niños, gente mayor; todos en muy malas condiciones. El Gobierno Vasco consiguió hacer un campo de refugiados en Gutz, que es un pueblecito francés frente a Navarra. Allí llegué el 13 de abril del 39, de los primeros, cuando todavía no habían terminado el campo pero tuve la gran suerte que unos familiares conocían a unos señores franceses que se dedicaban a cuidar a los refugiados españoles, me sacaron del campo de concentración y me llevaron a su casa. Y allí estuve unos meses hasta que estalló la segunda guerra mundial. Como este señor era ingeniero y Capitán en la reserva lo movilizaron a él y a sus dos hijos y me quedé con la señora en casa.

Pero claro, yo un chaval con veintidós años no podía quedarme solo con una señora de cuarenta y pocos y pude comunicarme con mi familia de Bilbao para intentar volver.me estaba esperando un guardia civil o un falangista, que ya no me acuerdo que era, me quitó la maleta, se quedo con todo y me apresó. En el barrio de la Cruz había una señora que se dedicaba a informar a la guardia civil de todos nosotros, que era la mujer del “Rompe Cascos”, un personaje famoso por romper con la cabeza botellas, ladrillos y todo lo que se le cruzaba. Esa familia conocía a mis padres y les dio confianza de que si volvía no me pasaría nada. Así me lo dijeron y regresé.

Yo venía bien trajeado gracias a esta familia francesa que me sacaron del campo de concentración y me vistieron bien, pero al pasar la frontera en el mismo puente me estaba esperando un guardia civil o un falangista, que ya no me acuerdo que era, me quitó la maleta, se quedo con todo y me apresó. Me llevaron a la fabrica de Chocolates Elorriaga, donde estuve detenido unos 20 días, y de allí a la Universidad de Deusto, que fue prisión y es donde encerraban a los vascos hasta que nos trasladaron a Miranda de Ebro, donde se formaban los batallones de soldados trabajadores. Estando allí vinieron a buscar a alguien que supiera escribir a máquina y como tenía el Bachiller, me dijeron: “tú, prisionero, de escribiente para el batallón”. De allí fuimos al Roncal, dos años y pico construyendo carreteras. Todos los años nos hacen un homenaje para recordarlo y voy siempre para hablar de los que estaban y ya  no nos pueden acompañar.

Después de aquello vine y me pasaron muchas, muchas cosas y tuve que ir al Ferrol a hacer la mili. Tras acabar la mili y volver me salio un trabajo pero no era para mi, pues yo era un desafecto al régimen y a todos los desafectos solo nos permitían levantar las vías del tren en la Ribera. Yo estaba preparado para trabajos de oficina y en aquellos tiempos aunque volvían muchos del frente habían pocos con estudios. A mi me salían trabajos pero el Sindicato no me autorizaba.

Cuando te salía un trabajo te hacían un examen en la empresa. Si te querían contratar hacían un papel para que lo autorizara el Sindicato Verticalhay que ayudar a los semejantes lo mismo que a nosotros en algún momento nos han ayudado también nosotros podemos hacerlo, no cuesta nada. que estaba en Gran Vía 68, y si no estaba el sello no eras apto y no te contrataban. A los que veníamos de combatir del lado republicano solo nos querían para hacer carreteras y levantar vías de tren.

En el sindicato había una mujer que ya me conocía de rechazarme solicitudes, que se compadeció de mi y un día, cuando marchaba, salió ella del servicio y en las mismas escaleras me dice: “como ya te he visto muchas veces, si quieres hablar con el jefe del sindicato suele ir por las tardes a trabajar con su padre, que tiene una tienda de uniformes en Colón de Larreategui”, dándome a entender que era sobornable. Total, que no sé como me las arreglé pero me pidió 5.000 pesetas de entonces para echarme el sello. Tuve la gran suerte que me echara el sello  y con eso me admitieron en Uralita y allí estuve 35 años, llegue a jefe de personal.

Yo tuve suerte de poder sobornarle con las 5.000 pesetas que entonces era toda una fortuna. Pedí dinero a mi padre, a mis amigos, a todo el que pude. Mi primer sueldo fue de 400 pesetas, que entonces era mucho, y todos los meses devolvía lo que podía. Tardé en hacerlo dos años. Todo lo he ido superando y he olvidado un poco las tragedias de la guerra. Las guerras son muy malas y las guerras civiles aun peor, son familiares, gente conocida, vecinos tuyos que están enfrentados por envidias, discordias…

La conclusión es que hay que ser optimista en la vida. Desde que se nace hasta que se muere todo es una lucha. Hasta los 20 años son todo alegrías pero luego siempre se complican las cosas. Hay que ser optimista, yo soy partidario de la botella medio llena. Incluso en las peores situaciones cuando no se ve nada bueno uno puede callarse.

Hoy trabajo en el banco de alimentos y allí ves gente con muchos problemas, pero yo hablo con ellos y les quito hierro y animo un poco a la pobre gente que probablemente no tienen ni para dar de comer a sus hijos o a sus nietos…ayudar un poco no te cuesta nada y eso también te ayuda a vivir.

A los jóvenes les diría que piensen que en la vida hay que ayudar a los semejantes lo mismo que a nosotros en algún momento nos han ayudado también nosotros podemos hacerlo, no cuesta nada. Aquella buena mujer del Sindicato me ayudó y el jefe, aunque me hizo una trastada, me permitió colocarme en un buen sitio. Y la gente mayor además tenemos una gran ventaja: somos psicólogos sin haber estudiado, pues conocemos muchas cosas de  la vida. No te puedes enfadar por que la lavadora se ha estropeado o el televisor no funciona bien o porque tienes un vecino ruidoso.. todo eso hay que superarlo y dar una palmadita a la gente en la espalda y decirles venga, ánimo, que veras como las cosas se van a arreglar, aun a sabiendas que posiblemente no sea así.

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