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Ida y vuelta a Montevideo

Ana María Iturbe Ana María Iturbe

Autor:

Ana María Iturbe

Edad:

80 años

Localidad:

Erandio

Nací en Balmaseda en 1933 y con año y medio fui a vivir a Amurrio. Cuando tenía tres años estalló la guerra civil. Rememorar aquello todavía me paraliza como si estuviese allí. Cuando sonaban las sirenas corríamos como si alguien nos pisase los talones y no parábamos hasta llegar al refugio. Teníamos un perro que antes de sonar las sirenas ya nos avisaba.

Un día amama se fue corriendo con mi hermano y yo me quedé con ama que estaba preparando la comida. Cuando salimos de casa ya no había remedio. Llegaban los aviones y teníamos que resguardarnos. Nos metimos debajo de un árbol ; Ama me abrazaba muy fuerte y me tapaba los oídos pero a pesar de ello el ruido era ensordecedor. Los pájaros gigantes no dejaban de pasar y se oían las bombas al caer. Más tarde veríamos los agujeros , el humo y las cenizas y el horror en la cara de las personas de la zona. Desde entonces me aturden los ruídos y las sirenas. Hoy, después de todo lo vivido, me siguen impresionando.

Al terminar la guerra detuvieron a aita porque estuvo en el batallón Alava en la guerra y le metieron en la cárcel. No estuvo mucho tiempo porque estuvo en intendencia y siempre ayudó a mucha gente fuese del bando que fuese. Las declaraciones del algunas personas franquistas le salvaron del fusilamento o de pudrirse en la cárcel.

A la guardia civil también le tenía mucho miedo; era como si viniese el demonio. Estaban en todas las esquinas y eran como cuervos. Por nada se llevaban a la gente al “cuartelillo”.  Un día iba yo con una cesta con los recados y me pararon. A partir de entonces les tengo terror.

Fueron años de miedo y de hambre. Recibíamos el racionamiento y nada más. Cuando tenía 17  años fuimos a vivir a San Ignacio y entré a trabajar muchas horas al día de lunes a sábado incluido. El dinero se lo entregaba a mi madre para ayudar en casa y, al llegar a ella, también tenía que hacer labores de casa. Los domingos era el único día que podíamos dar una vuelta.

Me enamoré perdidamente de un pelotari que poco después se convirtió en mi marido. Su afición a la pelota hizo que nos fuésemos a Montevideo (Uruguay). Allí había una gran colonia vasca, lo que ahora se define como diáspora, que nos ayudábamos entre nosotros buscando trabajo, prestando nuestras casas hasta que se consiguiese un lugar para vivir… pero manteníamos nuestra lengua y costumbres (euskera, música, canciones, gastronomía…).

Tuve una amiga que contrajo una enfermedad rara y tuvo que estar hospitalizada un tiempo. Era una buena persona pero enfermó y cuandó salió la llevé a mi casa porque no podía trabajar y necesitaba cuidados. Después de meses de vivir en mi casa y cuidarla, cuando ya estaba restablecida, se volvió a Bizkaia repatriada porque no podía trabajar.

Cuando llegué a Montevideo me costó adaptarme a pesar de la solidaridad que había entre los vascos/as. Veníamos de vivir en la dictadura de Franco y las diferencias fundamentales con ella eran la abundancia y la libertad en todos los ámbitos: sexual, ideológica, política, etc. Podías andar por la calle sin miedo, hablar en euskera, darte un beso …sin que te mirasen mal, te viniera la Guardia civil, etc.

Alli viví veintiún años. Encontré  trabajo, ayudado por uno de Mungia, en una fábrica de esmaltados. Trabajar se trabajaban horas si querías vivir mejor pero la diferencia era abismal con la de San Ignacio: teníamos un convenio, unos derechos, nos juntábamos en asambleas y, si nos parecían injustas las condiciones laborales, hacíamos huelga y negociábamos. En una de éstas decidimos quedarnos dentro de la empresa durante días y yo, al estar embarazada de bastantes meses, tuve que salir. El resto allí estuvo hasta conseguir negociar.

Nació mi hijo y decidí dedicarle tiempo los primeros años de vida. Luego me puse a trabajar por mi cuenta haciendo ropas y arreglos. Así compaginaba el tiempo para jugar, hacer deberes….con mi hijo y trabajar. Si no tenía tiempo de día trabajaba de noche. Cosía para personas con un nivel económico alto como eran los judíos. Estos eran buenos pagadores pero “se creían superiores a los demás”, no dejaban a sus hijo/as jugar con otros niños del barrio.

Allí conocí a personas de distintas partes del mundo (italianos, armenios, gallegos…) y culturas muy diferentes.  Allí aprendí que no se puede ser más que el otro por ser de otra cultura u otra idea: Que somos personas y  que todas las culturas y sobretodo todas las personas merecemos respeto.

Vivimos durante años mi marido trabajando por la mañana y entrenando en el frontón por las tarde. Yo con mi hijo y cosiendo. Éramos socios de la Euskal etxea (CASA VASCA) y allí se hablaba en euskera y conversábamos sobre lo que estaba ocurriendo en el país Vasco y la falta de libertad que había allí con Franco. Es cierto que me seguía sintiendo vasca pero cada vez más en mi corazoncito estaba también Uruguay y sus gentes. Los domingos venían a mi casa amigos uruguayos y vascos. Hablábamos, cantábamos, hacíamos comidas tradicionales uruguayas y también bacalao al pil pil y otras comidas de nuestra tierra.

Pasaron los años y el ambiente social comenzó a enrarecerse. Hubo una crisis económica que, algunas personas aprovecharon para ir contra el partido del gobierno, las huelgas se generalizaron y también el descontento. Fueron años revueltos y al final los militares dieron un golpe de estado. La situación se volvió sumamente peligrosa y empezaron a detener a gente.

Era algo curioso metían en la cárcel a intelectuales y personas bastante preparadas y también a sus hijos e hijas: profesorado, periodistas, médicos, ingenieros… Uno de los detenidos entonces, Múgica, era médico y de origen vasco, estuvo 17 años preso y hoy es el presidente de Uruguay. Cerca de nuestra casa había un convento de jesuitas y también detuvieron a alguno que intentó mediar en el conflicto. También se enzarzaban con los jóvenes simplemente por tener barba o vestir diferente.

Tuvimos miedo por nuestro hijo (tenía 16 años) y también por nosotros. Me recordaba a la guardia civil. Nos costó tomar la decisión de volver porque sin darnos cuenta éramos más uruguayos de lo que pensábamos y amábamos esa tierra y a sus gentes.

Cuando llegamos a Bizkaia , aunque ésta era nuestra tierra, fue tan duro como cuando nos instalamos en Montevideo. Era el año 1976 y, aunque había muerto Franco, la vida era muy diferente a los años en Uruguay. Habíamos pasado malos momentos a nuestra llegada allí y a la vuelta a nuestra tierra también.

Cuando pienso en la crisis económica actual y en la posibilidad de emigrar como forma de vivir para las personas jóvenes no me da miedo. Les animaría como otra opción más, por duro que parezca, a salir de la espiral del paro e intentar nuevos caminos antes de estar tumbados en casa, en lonjas o en las largas colas de lanbide. Pero también el formarse, el aprender de todo y leer mucho es importante para tener mejores opciones en cualquier lugar.

Hace años que vivo en Astrabudua que es donde vive mi hijo y su familia. También ha habido momentos en estos 37 años que hace desde que volví de Uruguay que han sido tan duros o más que los de la emigración y la vuelta. La enfermedad de mi hijo y los 20 largos años cuidando de mi marido con varias operaciones graves y el Alzheimer que sufrió durante 7 años.

Yo también soy diabética y tomo insulina desde hace 17 años. En algunas ocasiones he tenido bajadas peligrosas con ingreso en el hospital. Cuándo pienso en todo lo que he vivido y sufrido también pienso en lo que he disfrutado. Creo que el hacer frente a la vida y a las crisis, sean de la índole que sean, es fundamental.

Es duro empezar pero cuando se toma una decisión hay que asumirla. Todos los días lucho por ser optimista, estar activa, hacer ejercicio, mantener la relación con la gente,  leer mucho,  estar al día y acudir al centro de educación de personas adultas. Ésto me ha ayudado a tener ganas de vivir y de compartir. En el centro de EPA las personas mayores aprendemos (cultura general, lectura y escritura, ordenadores, entrenamiento a la memoria…), mantenemos conocimientos, nos ayudamos  y compartimos experiencias vitales que nos puede ser de gran utilidad en diferentes ámbitos. Cómo dice una de mis profesoras “se aprende a lo largo de la vida”, “ se envejece como se vive pero en cualquier momento se puede cambiar y mejorar”.

El consejo que les daría a la gente joven es que se formen y enfrente de cara cualquier crisis. Que sean optimistas, solidarios y activos y que, cuando tomen una decisión, luchen po ella.

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