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Cantando, llorando, riendo y trabajando duro

EPA Erandio EPA Erandio

Autor:

Encarnación Andrés

Edad:

70 años

Localidad:

Erandio

Nací en un pueblo de Valladolid en una familia numerosa de seis hermanos. Mi infancia y adolescencia fueron de muchas estrecheces en aquella época de la postguerra. Como era la única chica me tocó trabajar bastante en todos los ámbitos: lunes lavado en el río y el resto de días iba al campo además de realizar las tareas de la casa. Cuando no había trabajo en el campo aprendía corte y confección preparándome para ser ama de casa.

Con 22 años me casé y con la propina que se daba en la boda por bailar con la novia – saqué 63 pesetas- me fui a vivir a una casa muy vieja en la que no había ni agua ni aseo. A los nueve meses nació mi primer hijo y a los tres meses estuvo a punto de morir deshidratado. Cuando estaba tan enfermo nos hablaron de un médico muy bueno pero que estaba lejos y era caro. Tuve que pedir dinero prestado, coger un taxi un jueves santo a las diez de la noche y emprender el camino. Fue largo y un viaje horroroso lleno de baches. De vez en cuando me acercaba al corazón de mi hijo para sentir si respiraba. El médico lo examinó y tras ponerle un tratamiento me dijo que si no se moría en tres horas se salvaría. Gracias a Dios se salvó pero a partir de entonces estuvo muy sensible. Me costó mucho sacarle hacia delante. Al año nació el segundo hijo, al siguiente el tercero, una niña. Cuando estaba embarazada del cuarto me rompí una pierna y estuve seis días ingresada.

Cuando volví no me reconocían “vine en los huesos”. Esos días fueron muy tristes ya que solo podía pensar en mis pequeños hijos desatendidos y en el que iba a nacer. Así di a luz, con escayola y otros 3 niños a mi alrededor. Fueron años largos de trabajo: cuando dormían la siesta aprovechaba para ir a lavar pero siempre temiendo que pudiera pasarles algo al estar solos, y por la noche planchaba, les hacía la ropa, limpiaba, etc. Mi marido trabajaba de sol a sol en el campo y, cuando venía, tampoco ayudaba “los hombres eran muy machistas, no hacían nada”. ¿Qué me ayudó en esos duros momentos? A veces pienso que mi fe en Dios; otras la decisión que tengo ante los problemas, el mirarlos de “frente” y actuar. Por lo que a pesar de todo, para mí fue una época muy bonita al ver crecer a mis hijos.

Un verano nos hablaron de la posibilidad de ir a vivir a Bizkaia ya que había mucho trabajo entonces. Mi marido se fue y yo me quedé con mis cuatro hijos en el pueblo sola durante cuatro largos meses hasta que vino a por nosotros. Cargamos las pocas pertenencias que teníamos y partimos hacia una vida desconocida. Era invierno y hacía mucho frío. Tardamos 12 horas y bajando el puerto de Orduña había tanta niebla que no se veía nada. De repente el conductor dio un frenazo descomunal y nos quedamos al borde del precipicio. Llegué tullida con una niña en brazos y otros tres de 2, 3 y 4 años tirando de mi vestido. Nos instalamos en Astrabudua, un barrio de Erandio en un piso de alquiler hasta que, dos años después, pudimos vender unas pocas tierras, para dar la entrada en un piso y pedir una hipoteca. Me costó adaptarme al clima, las costumbres, pero siempre hice esfuerzos por aprender lo necesario para comprar en las tiendas con las palabras y expresiones de aquí. A los cuatro años de estar en Astrabudua tuve otra hija, a los dos años un aborto y luego el sexto hijo. Fueron años duros de trabajo para alimentarles y educarles. Poco a poco y, siempre con la ilusión de verlos crecer, fuimos saliendo hacia adelante. Cuando me sentía agobiadísima de tanto trabajo con tan pocos medios cantaba mucho; siempre he cantado haciendo las cosas; a veces, de la impotencia, también lloraba, siempre cuando estaba sola. Me desahogaba y volvía a imperar el optimismo, las ganas de vivir, de ver a mis hijos e hijas crecer, reírse, cantar conmigo. Pero empezaron las largas huelgas de Olarra la empresa donde trabajaba mi marido y con la familia numerosa que éramos, sin ningún tipo de ayuda, no podíamos mantenernos y no me quedó más remedio que buscar trabajo. Estuve 25 años trabajando hasta que me jubilé. Todo ese tiempo tuve que compaginar el trabajo con mi familia y mi casa.

Duro, sí que era, porque no tenía ni medio minuto libre pero siempre he intentado que mis hijos e hijas sean buenas personas y que estudien. Siempre he pensado que hay que formarse y así he intentado trasmitírselo. Algunos tienen carrera y otros no pero todos están en este momento trabajando y son personas que merecen la pena.  La época en la que salían por las noches ha sido la más dura para mí. No podía quedarme dormida hasta que no regresaban.

Me quedé viuda hace 12 años y como mis hijos ya eran mayores empecé a hacer actividades en el Club de jubidados y jubiladas de Astrabudua y a colaborar en la parroquia como catequista. Soy muy vitalista y me encanta cantar: formo parte de dos coros. He hecho bolillos, pintura, manualidades, teatro, senderismo… Hace algunos años me apunté al centro de EPA y continúo con la ilusión de mejorar, aprender, de hacer gimnasia mental, de estar al día, de comunicarme y relacionarme, de compartir, etc. Se aprende a lo largo de la vida y yo siempre lo estoy haciendo. También este año estoy colaborando en una asociación para poder continuar con las actividades de las personas jubiladas de Astrabudua y proponer otras nuevas. Nos falta la ayuda del Ayuntamiento para poner todo en marcha y espero que ésta llegue pronto y nos “pongamos manos a la obra”.

Estoy involucrada en Astrabudua y me considero tan de aquí como de mi pueblo de Valladolid. Cuando cantamos canciones en euskera en el coro, aunque no las entiendo, me gustan y las siento mías. A pesar de todos los malos momentos por los que he pasado me considero una mujer afortunada con mi familia, 3 nietos a los que adoro, mis amigas, mis coros, mis actividades, etc.

Mi experiencia pienso que no es diferente a la de muchas mujeres de mi edad y estoy segura que ellas han afrontado la vida y sus crisis (económicas, personales, familiares, de salud…) con optimismo y fuerza como creo lo he hecho yo. Que han llorado y han reído. Han cantado y sobre todo han trabajado duramente. A todas ellas les dedico este relato y les animo a estar activas, alegres, vitales, participativas, solidarias… que es la mejor ayuda que les podemos ofrecer a las siguientes generaciones.

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