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Viviendo cada minuto intensamente

Viviendo cada minuto intensamente Viviendo cada minuto intensamente

Autor:

Antonia Santa María

Edad:

 79 años

Localidad:

Erandio

Me llamo Antonia y tengo 79 años. Fui la quinta de una familia de siete hermanos que nacimos en un pueblo pequeño cerca de Burgos. Mi infancia no fue muy feliz ya que tenía una hermana  a la que le gustaba meterme miedo, con los muertos. Mis padres trabajaban de sol a sol y la que se ocupaba de mí era mi hermana mayor. Yo no entendía por qué no podía estar mi madre conmigo y sufría mucho por ello. Estaba aterrorizada con los relatos horripilantes que me contaba mi hermana.

Eran años de escasez y como mi familia se dedicaba a la agricultura y a la ganadería cuando tenía once años la familia se dividió: unos se quedaron en el pueblo y otros nos fuimos con mis padres a una granja. En este lugar pasé unos años muy felices con mis padres y dos hermanos. La casa era muy grande e hicimos muchas amistades.

Yo iba con un hermano a la escuela a cuatro kilómetros todos los días pero no me importaba. Mi hermana se quedó con el resto de la familia en la casa natal. Esta situación tan agradable para mí no duró mucho y, cuando mis padres hicieron unas pesetas volvimos al pueblo.

Allí todo seguía igual. Mi hermana mayor me seguía contando relatos terribles que yo me creía y casi no dormía; me sentía cada vez peor. Como un milagro me llegó la propuesta de las maestras del pueblo de ayudarles ya que había fallecido su madre. Se me abrió el cielo y poco después nos fuimos a Burgos.
Allí me tocó vivir la postguerrra y la escasez. No teníamos de nada y aprendí a comer muy poco, hasta pan negro con gusanos. Las colas  para poder conseguir algo de carne o unos huevos eran eternas pero comparando con lo pasado en el pueblo me parecían hasta interesantes.

Uno de mis recuerdos más bonitos fue una fiesta en la que pudimos conseguir pan blanco y algo de chorizo. Cuando les cuento esto a mis nietos les parece de cuento y que no ha existido. Mi juventud pasó entre Burgos y los veranos en mi pueblo. En la capital acudía a clases de costura y en el pueblo ayudaba a mis padres en la cosecha. Allí no había cambiado nada pero cuando volvía a la capital se me olvidaba todo y volvía a ser feliz.

Me eché un novio, nos casamos y vinieron tres hijos. Un hermano nos propuso venir a trabajar a una carpintería de Lutxana y así conocí Erandio. Primero vino mi marido unos meses y después volvió a por mí. Cogimos las cuatro ropas que teníamos y a los niños y nos vinimos a vivir a un bajo de Lutxana. Era verano y la casa, aunque tenía mucha humedad, nos sirvió para situarnos en un lugar desconocido para nosotros. Las personas con las que tratábamos eran amables e incluso nos avisaron de lo insalubre de nuestra casa.

Así que cuando nos propusieron su compra dijimos que no y tuvimos que buscar otro lugar. No había nada en ese momento y yo tenía claro que con tres criaturas no quería vivir de posadera. Tal vez por la humedad me puse enferma y un día mi marido me dijo que en un barrio nuevo de Erandio, Astrabudua, había encontrado un piso. No lo pude ver pero dimos algo de entrada y allí fuimos. Me sorprendieron las vistas de Barakaldo y Sestao cuando se iluminaban por las noches. No todo era bonito; estaban las carencias de todo tipo (urbanísticas, sanitarias…) y el gas. Había momentos en los que no veíamos nada y no sabíamos si era niebla o gas. Sólo cuando nos llegaba ese olor que nos dejaba pastosa la boca y nos hacía llorar nos dábamos cuenta y nos tapábamos la boca con un pañuelo. A pesar de todo esto vivíamos contentos; me quedé embarazada de nuevo y era una niña. Ya éramos seis y poco a poco trabajando duro los dos conseguimos ir pagando el piso.

Vivíamos en un quinto con claridad pero no llegaba el agua corriente y había que acarrearla hasta para beber y lavarnos la cara. Yo empecé a dar de comer a las personas que trabajaban con mi marido y, casi siempre, nos juntábamos más de 12 personas. No podía más y les propuse que si querían comer en mi casa tenían que traer una garrafa de agua de la fuente de Axpe. Para que no perdiesen tiempo mis hijos bajaban hasta allí y se las llenaban. Así fueron pasando los años y yo tenía una idea clara: mis hijos tenían que estudiar lo que yo no había podido. Yo también deseaba hacerlo pero no tenía horas el día ni la noche para poder empezar ya que además de la casa, las comidas y mis hijos cosía para todos. Además hubiese estado muy mal visto  que una mujer ya mayor lo hiciese. Eran otros años y la mentalidad muy cerrada incluso la de las mismas mujeres.

Cuando estaba embarazada de mi hija a uno de mis hijos le diagnosticaron una enfermedad grave de corazón. Le tenían que operar de urgencia. Me proponían llevarle a Madrid a lo cual yo me negaba porque ¿Qué hacían mis otros hijos sin nosotros? Al final consintieron hacerlo aquí siendo la primera en todo  Vizcaya. Todo Astrabudua se volcó cuando hubo necesidad de sangre. Era un barrio nuevo con personas de aquí y venidas de distintos lugares y con culturas diferentes pero existía la solidaridad. También nos juntamos para conseguir el ambulatorio y el Centro Cultural en la plaza en la cual querían poner un cuartel de la Guardia Civil.  Así es mi pueblo y no lo cambio por ninguno.

En mi vida he pasado momentos de alegría,  agridulces  y otros de mucha tristeza. Para mí mantener la familia unida, perdonar y pasar página cuando se ha necesitado han sido mi historia. No todo ha sido de color de rosa pero he intentado comprender y mimar a mis hijos, despertarles por la mañana con una sonrisa, perdonar y perdonarme en momentos difíciles, etc.

La enfermedad me agarró muy joven y he aprendido a vivir con ella y a disfrutar de la vida a pesar de ella. Llevo muchos años en la unidad del dolor y ya no saben qué hacer conmigo. Tomo diariamente más de 15 pastillas además de los parches de morfina pero ni siquiera eso me calma el dolor. No resisto más de 5 minutos de pie ni puedo andar más de cien metros seguidos.

Hace unos meses he tenido que empezar a utilizar una silla de ruedas y todas las mañanas uno de mis hijos me saca a dar un paseo en ella. Por la tarde, a veces arrastrándome, acudo a las clases sin faltar un día. He aprendido a no decir no cuando me animan a salir, a ir de vacaciones aunque sea en la silla, a juntar y a disfrutar de mi familia con los más de 20 que somos, a visitar a mis nietos, a ir a visitas a museos, a pasear con las amigas, etc.

Siempre he deseado aprender, conocer lugares y culturas distintas. Soy alumna del centro de EPA de Erandio y doy clases en Astrabudua. Me gusta saber, entrenar mi mente para que no se atrofie como mis huesos y disfrutar de lo aprendido con mis compañeras. Me cuesta cada vez más escribir y creo que también retener. Me animan desde mi familia y también mis compañeras y la profesora.    Antes viajaba mucho y ahora lo hago menos y con silla de ruedas. A pesar de todo cada día al despertarme doy gracias por poder ver el sol, poder disfrutar de las pequeñas y grandes cosas, ir a clase, jugar a cartas en la asociación de jubilados y jubiladas de Astrabudua, etc.

Cada noche me digo a mi misma: “Por hoy no te preocupes, has vivido la vida tan intensamente como has podido. Mañana será otro día”.

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