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Mi segunda madre: Mi hermana

Evelia Mayo Trápaga, en 1965 en la empresa Aguirena bobinando un enorme motor, siendo observada por unos ejecutivos alemanes, quienes hicieron la fotografía y tuvieron la amabilidadde enviársela. tan sólo tenía 18 años recién cumpolidos. Evelia Mayo Trápaga, en 1965 en la empresa Aguirena bobinando un enorme motor, siendo observada por unos ejecutivos alemanes, quienes hicieron la fotografía y tuvieron la amabilidadde enviársela. tan sólo tenía 18 años recién cumpolidos.

Autor:

Lucía

Edad:

 68 años

Localidad:

Trapagaran

Me sentí arropada desde niña. Fui la pequeña de siete hermanos de los cuales a dos no llegué a conocer; murieron en la post guerra a muy corta edad y eso marcó de por vida a mi madre. Fui criada como si estuviese en una burbuja de cristal. En casa nunca oí hablar de política y tampoco de la crisis. Sin embargo en la adolescencia me di cuenta de que había gente de distintas clases: ricos, clase media, pobres, lo cual saltaba a la vista observando sus hábitos cotidianos.

Contaba mi madre que vino a servir a Bilbao porque no le gustaba la vida que se hacía en el pueblo, quería algo mejor. Ella no sabía lo que le depararía la vida en la capital, sus hermanas habían venido antes y en sus cartas le decían que no fuera tonta que merecía la pena. Dejó a sus padres apenados, pero a ellos con las tierras no les faltaría de nada.

Llegó a Bilbao y se colocó en una casa como ayudante de cocina, luego pasó a ser la doncella y de allí salió para casarse. No hicieron viaje de novios, sólo se trasladaron a casa de mis abuelos maternos unos días. Posteriormente regresarían a Erandio, donde realizaron su vida y donde la dejaron. Conoció a mi padre en el baile de la Casilla, según ella, era un gran bailarín que cada domingo rompía un par de alpargatas. Cuando hablaba de él se le iluminaba el rostro. No obstante fueron años difíciles, había que trabajar duro para sacar la familia adelante, más mi padre no se echaba atrás, no se acobardaba ante ningún trabajo que fuese bien remunerado y que incidiera en el bienestar de la familia.

Trabajó en los Talleres de Zorroza, empezó como aprendiz y terminó siendo encargado. En sus horas libres se dedicaba a ayudar a los remolcadores en las maniobras que realizaba a la altura de Erandio cuando los grandes barcos salían rumbo al Abra o entraban en el Puerto de Bilbao.No obstante fueron años difíciles, había que trabajar duro para sacar la familia adelante De estos trabajos obtenía como pago tabaco que intercambiaba por pescado en las lonjas de Axpe, cuando desde el lucero de su casa veía la entrada de los pesqueros. El pescado, a su vez, lo vendía a los nuevos ricos de Erandio, lo que nos permitía vivir de manera mas desahogada. No obstante, pronto cambiarían las cosas.

Mis hermanos mayores Pachi y Carmen se habían independizado y mi padre enfermó de cáncer lo que hizo que tambalease la situación en casa. Después de varios meses de sufrimiento fue intervenido en la Clínica Santa Marta a la edad de cincuenta y dos años dejando a mi madre con cuarenta y nueve y tres hijos a su cargo: mi hermana Evili de dieciocho años, José Ignacio de diez y yo, que acababa de cumplir siete.

Eveli, en ese entonces, estudiaba en el colegio de las monjas a la vez que aprendía a bordar. Tenía un don especial para ello, lo mismo bordaba un cáliz en un pañuelo para que lo luciera un niño en su primera comunión, que las iniciales en el bolsillo de una camisa, ademas de las sábanas del ajuar de cualquier madre que se lo solicitase para su hija ya que era la mujer la que tenía que llevarlo.

Mi padre sabía que se moría y antes de ello colocó con gran dolor a mi hermana en la empresa Tarabusi, S.A., tuvo que hacerlo, vendrían años difíciles, Eveli se convertiría en el pilar de la casa. Quizás eso adelantó su muerte, sabía lo que le tocaría, trabajar duro, muy duro y no eran precisamente esos los anhelos que él tenía puestos en aquella hija tan responsable.

Fueron tiempos arduos para ella, de aquella empresa pasaría a Aguirena, otra mas cercana a casa. Su trabajo consistía en bobinar motores. Se marchaba a toque de cuerno y regresaba a comer para volver de nuevo hasta las siete de la tarde y cuando podía meter horas extras se quedaba, o en su lugar se traía trabajo de otra pequeña empresa a casa. La vi trabajar muy duro, aún así cuando tenía un rato libre lo dedicaba a bordar.

Durante algún tiempo compartimos una buhardilla con otra familia; una hermana de mi madre y sus hijos. Con el trascurso del tiempo su sacrificio y dedicación dieron sus frutos y pudimos adquirir un pequeño piso, pidiendo un préstamo en la empresa lo que la obligó a trabajar más y más, para liquidar la cuenta. Le robamos la juventud, gracias a ella no conocimos la crisis de la post guerra, no nos faltó de nada. Esperó a casarse para dejarnos a nosotros sin cargas y el día que le dieron el finiquito le descontaron lo que le restaba del préstamo. Minutos antes de salir de casa para casarse tuvo la honradez de darle parte del dinero a mi madre. Fue una buena hija y por fin se sintió libre, aunque nunca se despojó de su sentido de responsabilidad. Hace meses descubrí que en el libro de familia figuraba mi hermana como tutora nuestra, pobrecilla tan joven y con aquella carga a sus espaldas. Le robamos la juventud, gracias a ella no conocimos la crisis de la post guerra, no nos faltó de nada. Eveli fue y continua siendo como una madre para mi...

Han pasado muchos años y hoy en pleno siglo XXI ha explotado una nueva crisis, crisis que alcanza una dimensión mundial, destruyendo a millones y millones de familias, los jóvenes no tienen trabajo, los que tienen una hipoteca están asfixiados, aquella crisis que no viví pero de la que me han hablado, hizo emigrar a mucha gente, y por lo que veo y leo en los diarios esta nos trae más de lo mismo. Aquella fue por la guerra, esta por la ambición desmedida de algunos políticos que se han quedado con nuestro dinero llevándolo a paraísos fiscales. ¿Hasta dónde aguantaremos?, ¿por donde reventará el sistema?, ¿como no se han movido antes las autoridades cortando todo esto?, probablemente porque temen ser descubiertos.

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