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La crisis ahoga al pobre y engrandece al rico

Antonio Losada Antonio Losada

Autor:

Antonio Losada González

Edad:

80 años

Localidad:

Trapagaran

Al leer las bases para el certamen de experiencias de crisis de una generación vienen a mi recuerdo tantos testimonios relatados por mi abuelo… ¡A él le tocaron tantas crisis en su vida!. En la del 17, seguramente una de las más cruciales de la historia, él era un joven más en un pueblo de gentes que no entendían de crisis. Esos tecnicismos los traían al fresco, ellos veían la miseria en sus vidas y el nombre de “crisis” era algo que los sapientes le habían dado. Para ellos aquello se traducía en falta de jornales y hambre en sus hogares, niños con caras famélicas, mujeres ajadas y hombres siempre cabizbajos a la voz del patrono.

Tanto sufrimiento y vejación desencadenó en que hombres y mujeres desesperados a voz en grito pidiendo trabajo, pan y justicia saliesen a las calles a defender sus derechos. Nada tenían, ¿qué más podían perder?. De esa crisis, recordaba mi abuelo las palabras “huelgas”, “esquiroles” y otras historias no muy agradables. Luego de tantos sinsabores, el tiempo siguió su curso y el pobre continuó con su vida de estrecheces y revueltas. Trabajar para malvivir, no quedaba otra. Los de siempre seguían siendo señores y, o tragabas o reventabas.

De esta crisis se dejó de hablar. Para alguno se había superado pero otros seguían trabajando duro en unos tiempos muy difíciles con salarios miserables que no llegaban para el sustento de la familia.
Pero el tiempo es cíclico y la crisis se recrudeció. Mal que no cura, empeora. Ahora la llamaron “La gran crisis, la del 29” también conocida por “La gran depresión”. Esta salpicó a todos, por muy lejos que se encontrasen. De estos lodos llegaron los barros y, con ellos, la guerra del 36 que se encargó de enfangar a casi todos. Los pobres eran los más y los ricos los de siempre y cuatro más que engordaron el bolsillo con las miserias de los demás.

De todas estas crisis le escuché a mi abuelo contar que siempre la sufrían los mismos, siempre quien menos tenía.

Después las cosas siguieron siendo de crisis por muchos años consecutivos. Se aprendió a callar y tirar hacia delante con más miedo que vergüenza. Las personas habían quedado muy tocadas, casi hundidas, así que el “oír y callar” era la oración de cada día.

Así crecimos una generación a la que nos costó mucho sacar la cabeza de debajo del ala. El miedo hace a las personas prudentes, hasta que un día tomas aire y sientes que con el sufrimiento de ésta generación ya está todo saldado, que nuestros hijos tienen que conocer tiempos mejores y sacas fuerzas de flaqueza y rompes las cadenas que nos tenían oprimidos, y luchas por la libertad, a sabiendas que costará y no será un camino de rosas. La vida es corta para el disfrute, pero puede hacerse muy larga cuando las cosas se ponen difíciles.

Luego, yo misma por otras crisis he tenido que pasar: la del 75 al 83 con huelgas y destrucción de empresas. Los tiempos estaban en periodo de cambio, nos sentíamos con más libertades de expresar las injusticias pero, a la hora de actuar, teníamos las manos atadas. Las huelgas y manifestaciones nos tenían cabreados y las luchas fueron fuertes. Se salía a la calle a dar la cara aunque nos la partieran. Poco a poco se fueron calmando las cosas. Como dice el refrán “siempre que llueve, escampa.”

Ahora estamos atravesando una crisis, a mi entender, la peor. Ya no somos aquellos pobres ilusos que crecimos con el temor por bandera. Hoy sentimos los derechos de un buen vivir como algo natural en los seres humanos: trabajo igual a salario y buena calidad de vida, pero la crisis de ahora es como un gran helado del que han chupado los que lo tenían en la mano y los que se encontraban más cerca, después le han hecho un agujero en el culo y ahora nos encontramos con el barquillo vacio. Con millones de parados, con desahucios, con hogares sin percibir siquiera la prestación social. Esta situación es tan angustiosa que en verdad nos da miedo el pensar por donde nos hará estallar.

Nos hemos dejado gobernar por seres insensibles, chupópteros, con amiguísimos que se juntan como las malas hierbas para chuparnos la savia. Es muy doloroso para los que ya tenemos una edad volver a pasar por otra crisis. Ver que nos están evocando a aquellos tiempos de miseria, algo vergonzoso. Se nos encogen las entrañas y nos ahogamos en la mala bilis de esos que, por su avaricia, se llevan impunemente los dineros del buen contribuyente.

Raro es el día que no se destape el nombre de un nuevo defraudador de miles de millones, pero ninguno devuelve lo robado. Están bien protegidos por alguien que seguro se llevó más. Es la pescadilla que se muerde la cola.

Quisiera poder dar  un consejo, o un remedio para atajar esta situación, pero tristemente me siendo desbordada. El tiempo nos sacará, como siempre ha pasado; pero llevándose por delante los mejores años de tantas personas jóvenes con ganas de trabajar y forjar una vina plena, así como la alegría de los hogares, las ilusiones de los niños y la salud de los mayores. A esto nos llevan las crisis que el egoísmo genera.

Pido que si alguien tiene la medicina que cure esta crisis, nos diga el remedio para poderle poner fin.


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