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La crisis que acogotan la vida

La crisis que acogota la vida La crisis que acogota la vida

Autor:

Mª del Pilar Rallo Losada

Edad:

61 años

Localidad:

Trapagaran

Otro año más estoy aquí sentada tratando de recordar tantas historias que forman parte de mis seres queridos. Compartir estos relatos me genera bienestar. Por unas circunstancias o por otras, se puedan sentir identificadas tantas personas y, así, entre unos y otros mitiguemos esos recuerdos tantas veces dolorosos que para bien o para mai forman partes de la vida. Esta vez quiero centrarme en las vivencias de mi padre.

Nació en el año mil novecientos veinticuatro, en el seno de una familia bien posicionada, su padre era el veterinario de aquel lugar y de los pueblos circundantes, su madre una mujer que procedía de una familia acomodada. Ahora se dedicaba a la casa y sus hijos, contaban con unos guardeses que hacían las labores más llevaderas.

Mi padre hacía el número cinco de los hijos nacidos, aunque para cuando él llegó al mundo dos habían fallecido; así que paso a ser el tercero. Cuatro años más tarde llegaría el último hijo. De esta manera tan placentera y relajada se fue desarrollando su infancia. Hasta que la sin razón de los hombres, truncó la vida de tantas familias y desbarató la paz. En pos de un mundo más libre e igualitario, se decía... Pero a resulta de aquellas revueltas llegó una guerra y con ella la mayor crisis para un niño que vivía al amparo de una vida plena.

Como las ideas de unos tenían diferentes colores de las de sus vecinos y hasta en muchas ocasiones las de padres e hijos, llegó el miedo y las huidas a los montes. De estos que pensaban diferente era el padre de mí padre; así que la angustia y el temor se hicieron fuertes en aquel hogar.

El tiempo fue pasando sin un rayito de luz que alentara tantas penurias y, por llamarlo de alguna manera, (la crisis), trajo hambre, enfermedad, odio, muerte y mucho dolor. Fueron unos años que surcaron las facciones de tristeza y desolación.

Pero como los males no suelen llegar solos, a consecuencia de una coz de un animal, el padre enfermó. Tal golpe afectó seriamente al pulmón y eso conllevó un desenlace fatal.
Pero la verdadera CRISIS estaba por llegar y así truncar las esperanzas de una familia que hasta hacía muy poco habían vivido la gran pesadilla de una guerra y las consecuencias de la falta de muchos alimentos. Un día de enero de mil novecientos cuarenta y uno, el cielo se desplomó en forma de dolor en aquella casa en la que había reinado el amor.

El cabeza de familia cerró los ojos para siempre y su esposa no tubo lagrimas que derramar, el corazón se le rompió y en el mismo funeral se fundieron.

Fue el desplome de una gran familia, la desolación de unos hijos que de la noche a la mañana se quedaron huérfanos, al amparo de este y aquel. Que como aves de rapiña arramplaron con los enseres de toda una vida.

Al protagonista de este escrito, un joven sin madurar lo debido, lo llevó un familiar para que lo ayudase en los huertos. Pero en ese lugar estuvo pocos días. Se apuntó voluntario para hacer el servicio militar y lo destinaron a Melilla. De sus tumbos por la vida, solo, como un gato herido, nos contaba tantas historias que para bien o para mal conformaban su vida. De los hermanos cada uno tomó un rumbo y miles de kilómetros de distancia. Así, sin casa y con los hermanos por esos mundos de Dios, un día tomó un tren y llego al País Vasco.

En esta tierra encontró el calor y el trabajo que le ayudaron a superar su mayor CRISIS, la de estar rodeado de gentes y sentirse solo. Él siempre decía que era maño, pero que el País Vasco era su cuna, que aquí, al amparo de esta tierra se había convertido en un hombre fuerte.

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