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Clases nocturnas tras un día de trabajo

Clases nocturnas tras un día de trabajo Clases nocturnas tras un día de trabajo

Autor:

Julio Cano García

Edad:

 80 años

Localidad:

Trapagaran

Hola, me llamo Julio Cano García y tengo 80 años. Nací en 1934 en Peñafiel, un pueblo de la provincia de Valladolid, de unos 7000 habitantes. Mi familia era humilde, honrada y trabajadora. Soy el segundo de cuatro hermanos. Conocí la dureza de la postguerra y, como entonces el campo era la única forma de ayudar para completar lo poco que ganaba el cabeza de familia, empecé a trabajar con diez años junto a mi hermano mayor, que tenía trece. Más tarde estuve trabajando en dos empresas, donde aprendí el oficio de albañil, y desde entonces estuve aportando a mis padres el sueldo íntegro hasta que me casé.

Después de casarme tuvimos tres hijos en seis años y, para mejorar la situación de mi familia, decidí a los veintiséis años venirme para Trapagaran, porque aquí se ganaba más. Aunque me ha tocado trabajar mucho y muy duro, estoy encantado de vivir aquí con mis hijos y mis nietos. Mi mujer falleció hace 3 años, después de 52 años de casados.

Siguiendo con mi infancia y adolescencia, mi padre en los meses de Julio y Agosto, trabajaba con un hacendado en la recolección de los cereales, como trigo, cebada, centeno, etc. En ausencia de mi padre, teníamos una huerta que se regaba con cinco pozos, y mi madre, la pobre, todos los días tenía que sacar el agua de los pozos para regar las plantas, y un servidor con 7 años, ayudaba a cambiar el agua de un surco a otro.

Mi hermano mayor, hemos sido todos varones, se quedaba en casa, cuidando de los pequeños, todo esto, en los meses de Julio y Agosto. Luego, íbamos a clase de Septiembre hasta finalizar el curso, y después de ayudar en las labores de casa, sacaba tiempo para jugar con los chavales, a juegos como las tangas (tuta), pelota a mano, futbol, tres en raya, y aunque me tocó la dureza de la postguerra, fuimos muy felices y queridos por todo el mundo que nos trataba y nos conocían.

Como teníamos que dejar la clase muy jóvenes para ayudar en casa, íbamos en el invierno a clases nocturnas, para tener una mayor cultura cuando fuésemos adultos. Yo valía para estudiar, y un día se presentaron en casa, el maestro y el cura párroco, para pedirles permiso a mis padres, para poder ingresar en el Seminario. En este sentido, mis padres querían tenernos a su lado y porque éramos necesarios para ayudar en casa.

Una vez llegados a Trapagaran, estuvimos compartiendo vivienda con otro matrimonio, hasta tener casa propia. La primera vivienda me costó 120.000 pesetas, y la segunda en la que vivo actualmente, nos costó 560.000 pesetas.

Trabajé en dos empresas de construcción, Atucha y Mújica, y con el tiempo dejé estas empresas y me coloqué en Altos Hornos de Vizcaya, hasta mi jubilación. En esta empresa trabajé de albañil, y en los días de descanso, hacía chapuzas por la calle, sacando por ello un sueldo extra, para que mis hijos tuvieran unos estudios, que yo no pude tener, y en los ratos libres que sacaba, iba a la huerta, y con todo ello, procuré que no nos faltara de nada en casa. Mi mujer además de atender la casa y los hijos, ella confeccionaba la ropa para todos.

Siempre he pensado que lo más importante en la vida es ser buena gente. Así me lo enseñaron mis padres y así se lo he transmitido yo a mis hijos y nietos. En la Asociación de Jubilados he trabajado durante más de siete años en la Junta Directiva y ahora sigo colaborando con ellos en todo lo que me piden.

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