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Una mirada atrás, un paso adelante

Una mirada atrás, un paso adelante Una mirada atrás, un paso adelante

Autor:

Begoña de Miguel Iglesias

Edad:

 75 años

Localidad:

Abanto Zierbana

Todos estamos hechos del mismo barro, pero no del mismo moldeProverbio Mexicano

Nací hace 75 años en Burzako, en una aldea rural cerca del embalse del Oiola, perteneciente al Ayuntamiento de Trapagarán, Bizkaia. Entre el Colegio de Las Monjas (Hijas de Caridad) de La Arboleda, que primero fue una de Sala Cuna para los hijos de viudas de guerra, luego se transformó en Colegio de Enseñanza, sobretodo para los hijos de trabajadores de la "Mina Orconera Irón Ore" y hoy transformado en albergue juvenil.

En ese entorno rural y las minas de La Arboleda, Arnábal, Triano, Matamoros y Gallarta, fue desarrollándose mi vida, ya que a los ocho años me trasladé con mis padres a vivir de la aldea a La Arboleda, donde ya vivían mis abuelos, y doce años después, nos trasladamos a vivir a Gallarta, donde continúo residiendo.
Siempre viví con mis padres Agustín, Eulalia y mis dos hermanas Rakel y Maite, a la sombra de mis abuelos maternos, pero antes de continuar la historia vivida junto a ellos, quisiera recordar a mis abuelos paternos, que siempre vivieron en Illeta, una Aldea de Galdames, sobretodo recuerdo a la abuela Remigia, ya que al abuelo Rafael, (ya fallecido) no tuve la suerte de conocerle.

De ella, la abuela Remigia, tengo muchos recuerdos, pero sobretodo que era muy alta, tenía unas manos muy grandes con las que me enseñó hacer "tatos de maíz" que amasábamos juntas cuando yo era pequeña; y mientras yo degustaba el primer talo con chorizo, que ella había cocido sobre el "trébede" en el fuego bajo, continuaba admirándole aquellas enormes manos, que seguían amasando con mimo la dorada harina de maíz. Mis abuelos maternos José y Leonor, que vivían en la aldea donde yo nací, tuvieron siete hijos, la mayor fue mi madre "Lali". La vida era muy dura, tenían que trabajar de sol a sol entre los trabajos de la mina y el campo.

Entonces los inviernos eran particularmente duros, fríos y largos, los hombres que trabajaban en la mina, cuando llovía no podían hacer su trabajo, y por tanto tampoco cobraban el sueldo. Así que muchos trabajaban en el campo y los que teníamos la suerte de vivir a través de aquella economía mixta, aunque dura, nuestra vida era un poco diferente. En el medio rural como en los demás lugares, carecíamos de muchas cosas, pero nos podíamos permitir comer una porru-salda o una tortilla de patata y beber lechelaunque a veces no tuviéramos pan.

Los hombres como mi abuelo, mi padre ó mis tíos — como ya he dicho — trabajaban en las minas y en el campo, las mujeres más jóvenes servían en las casas de los ricos en la Capital. Recuerdo que la abuela y mi madre, además de las tareas habituales de la casa, acarreaban leña del monte acumulando grandes pilas con ella, haciendo acopio para el invierno. Arduo trabajo que solo se puede apreciar y entender, cuando se vive como lo he vivido yo, ya que me llevaban con ellas para no dejarme sola en casa, era la primera de los nietos.

El tiempo de verano, traía trabajos añadidos, había que segar la hierba para el ganado, mi abuelo y sus hijos junto ami padre, se levantaban a las cinco de la mañana, segaban los prados durante dos horas y luego se dirigían a trabajar en las minas hasta acabar la jornada. Las mujeres que quedaban en la casa se encargaban de voltear la hierba para que se secase, y recogerla en pilas al atardecer para que no la empapara el rocío. Y al día siguiente vuelta a empezar.

Los niños también cumplíamos con nuestro cometido, llevábamos los bocadillos a los mayores, acarreábamos el agua para que bebieran y a veces, pisábamos la hierba en los camarotes, que por aquel entonces se apilaba a granel, no teníamos máquina de enfardar. A veces guiábamos las caballerías de la campa a la cuadra, cargadas mientras alguien mayor esperaba para descargarlas. Como podemos apreciar, los niños de entonces, ayudábamos a los mayores y nunca nos crearon traumas, éramos felices haciendo estos trabajos que para nosotros, a pesar de todo, a veces eran parte de nuestra diversión.

Estas historias pueden parecer de ficción, pero son parte de las vivencias entre nuestros abuelos, de las que podemos dar fe quienes junto a ellos hemos aprendido, que cuando se tiene una guía en qué basar la vida, esta es mucho más rica e importante, por haber tenido la suerte de aprender valores humanos, que son los que hacen a la persona grande, con la sencillez de haber aprendido a afrontar nuestra vida con dignidad
Sabemos que las cosas han cambiado mucho en todos los aspectos, las nuevas tecnologías han transformado el mundo, pero los valores humanos, los seguimos poseyendo las personas.

Es verdad que las máquinas son el eje que todo lo mueve. Pero... si las personas se plantaran, de qué servirían las maquinas? no nos debiéramos preguntar: qué sería de nuestro mundo si se abandonara la naturaleza? Para qué servirían las tecnologías si no tuviéramos qué comer?. Los abuelos siempre hemos luchado para que quienes nos siguen, tengan las cosas más fáciles de lo que las tuvimos nosotros. Es posible que nos hayamos equivocado, pero nunca fue esa nuestra intención.

Hoy seguimos pensando que, el ser humano es lo más perfecto creado en este mundo, y que por ello, nuestros nietos y nietas tienen un gran reto; pero nosotros sus abuelos y abuelas, tenemos la confianza de que ellos, a los que cuidamos y mimamos a diario, adquieran la capacidad, la ética y la humanidad suficientes, como para poder solventar día a día, los enigmas que se les planteen en la vida, haciendo un mundo más justo y más equitativo.

Con esta esperanza procuramos trasladarles, nuestras duras y tal vez trasnochadas experiencias, esas que a nosotros nos han servido, para crecer como seres humanos. Lo hacemos pensando que, cuando vuelvan la mirada atrás, sean capaces de dar firmes pasos hacia delante, aprovechando los modernos medios que hoy se brindan a su alcance.

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