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La fuerza de ayudar a los demás

Maria Angeles Sanchez Maria Angeles Sanchez

Autor:

María Angeles Sánchez

Edad:

72 años

Localidad:

Sestao

Acaba de llamarme una amiga para ver si podría contar un poco mi existencia por este “valle de lágrimas” y así poder ayudar a otras personas con mi testimonio, no lo he dudado un instante, y aunque ya tengo las manos muy torpes para escribir me pongo a ello, con la ayuda del “Señor” haré lo que pueda. Tengo que empezar la historia desde que nazco, porque así me conoceréis mejor y podréis valorar mi lucha por la superación. Lo haré resumidamente porque sino sería un dialogo extenso, ya tengo 72 años y mucho que contar.

Nací a los 45 años de mi madre, hija única, en una familia humilde, cuando tenía pocos meses se quemó la casa donde vivíamos (casa Farolero), nos quedamos sin nada, nos recogió una tía hasta que nos salió otra vivienda cuidando a unos ancianos y con derecho a cocina. Cuando todavía era una niña pequeña a mi padre lo mató un tren y mi madre pudo sobrevivir gracias a su coraje y esfuerzo trabajando donde podía. Limpiaba en varios sitios, trabajaba por las noches en una sastrería…., a mi nunca me faltó lo imprescindible: cariño, alimento, educación , y lo mas importante, mi madre me enseño a ser persona en todos sus sentidos.

A lo largo de los años me enteré que mi madre no se alimentaba lo suficiente para dármelo a mi. El ayuntamiento le ofreció hacer la limpieza en los colegios, ella aceptó encantada; después le contrató Altos Hornos de Vizcaya, donde había trabajado mi padre, para la limpieza del colegio La Salle. Allí estuvo hasta que se jubiló, apreciada y querida por todos.

Yo seguía formándome y entré a trabajar en la Cooperativa A.H.V de dependienta. Allí tuve un accidente que me marcó para el resto de mi vida. Tenía 18 años y mi madre y yo estábamos en el mejor momento de nuestra vida. Donde trabajaba estaban descargando unos bidones de aceite (la gente mayor se acordará de ellos); se escapó uno y fue a parar hasta donde mi, que pasaba por allí. Me aplastó la pierna y fue aplastándome huesos y tendones…., tuve que estar mucho tiempo encamada, enyesada, entre médicos…..

Mi madre luchó mucho por mi, hacía todo lo que le decían que podía ser bueno y me llevaba donde hacía falta. A menudo me llevaba al matadero de Sestao porque decían que la sangre era buenísima. Con la sangre sobrante, que no valía para comer, me bañaba la pierna y me daba friegas. También cocía los nervios de animales que le guardaban en varias carnicerías, hasta que se formaba una gelatina y me la ponía. Me rodeaba toda la pierna con la gelatina, la envolvía en una sábana y la dejaba bastante tiempo. Siempre acababa manchando todo.

Con todo lo que hizo, pasaba el tiempo pero yo tenía la pierna sin fuerza y me llevó al doctor Hornilla. Él me mando al Sanatorio de Plencia, estuve año y medio, todo de pago, y de allí salí bastante bien.

Para venir al sanatorio mi madre tenía que ir andando hasta Portugalete coger el transbordador e ir andando hasta Romo. Allí cogía el tren a Plencia y desde la estación ir andando hasta el Sanatorio. Todos los días teníamos que ir a Górliz, que es donde estaban los aparatos, para hacer ejercicios. Me hacían subir rampas, escaleras, mover una tabla con el pie como si fuera un patín, hacia movimientos en una piscina con agua del mar, me daban masajes corrientes…. Me dijeron: “si te duele tendrás que aguantar, aquí has venido a curarte, tienes mas de 19 años y tienes que luchar”.

Cuando estaba pasando todo se me rompió la espalda de tantos ejercicios (como reconocieron los médicos); se me separaron los huesos de la columna y me pusieron un corsé rígido, todo de hierros, que me hacía ir completamente tiesa. Así estuve casi un año, ya no solo por la pierna sino por la espalda. Mi madre me ayudaba mucho, ella siempre estaba animada y viendo lo positivo.

Yo seguía trabajando a temporadas, me pusieron en un puesto de cajera para poder estar sentada. Y las dos, madre e hija, éramos felices porque teníamos lo principal; nos teníamos la una a la otra y el “Señor” nos acompañaba en todos los instantes de nuestra vida. Tenía amigas y salía de paseo. Ellas querían quedarse en casa para acompañarme pero no se lo permitía, les decía: “no, vamos al baile a divertirnos” y mientras ellas bailaban yo estaba sentada y siempre se acercaba algún chico a charlar un poco.

Al cabo de unos años los huesos se fueron resintiendo y comenzaron otra vez los problemas. Fuimos también a Pamplona, a la clínica del Opus pero nos dijeron que no podían asegurarnos nada, que habían tratamientos pero de dudosos resultados. Aquel señor nos dijo: “no quiero engañarlas con un tratamiento muy costoso y sin ninguna garantía”. Mi madre vino desesperadilla al ver que no podía hacer nada pero yo le agradecí mucho a aquel señor su sinceridad.

Me enamoré, me casé, tuve un hijo y seguíamos felices…hasta que mi madre enfermó de un cáncer, sufrió mucho; sufrimos mucho y a los dos años murió. Yo me quedé desolada pero el “Señor” me ayudó a seguir con mi familia y con mis problemas de huesos que cada vez eran más grandes, pero me quedaban fuerzas para consolar a otras personas que me necesitaban, porque yo sabía lo que era sufrir.

Ya tenía 45 años cuando nace mi segundo hija, Esther. Después del nacimiento empiezo con hemorragias y a los 5 años me tienen que “vaciar”. Sigo con mi vida pero los huesos empeoran muy deprisa: me operaron de una rodilla, después de otra, pero hasta con muletas he ido a visitar a personas que estaban peor que yo y a darles ánimos diciéndoles que en la vida siempre hay que luchar y poner buena cara antes las adversidades. Yo estoy segura que el “Señor” me manda fuerza porque sino me sería imposible seguir caminando.

Hace dos años me operaron de la garganta, me hicieron una tiroidectomia total, que sumado a los problemas de huesos hace que necesite una pastilla de sodio diaria para toda la vida, pues el metabolismo ya no me trabaja por si solo. He estado varias veces ingresada por unas cosas u otras y cada vez tengo mas problemas con los huesos. Tengo desde hace tiempo osteoporosis y artrosis reumatoide degenerativa, el año pasado me volvieron a operar de una rodilla, me pusieron una prótesis y el cirujano me dijo que era como la del rey, ja, ja, ja…no he podido llevar casi muletas porque el hombro derecho se me salió y lo tengo bastante “chungo”.

Hago casi todos los días gimnasia en casa y suelo ir los lunes a Gerarsia con un monitor que puso el ayuntamiento a las personas mayores. El caso es no abandonarse y seguir luchando, unas veces con más ganas que otras, pero ir por la vida lo más alegre posible, y siempre sin dar lástima. Siempre hay porque alegrarse, hay que buscar el lado bueno de las cosas para ser feliz.

Tengo una familia estupenda: dos hijos, una hija política, dos nietos, que he cuidado y cuido cuando hace falta y puedo. ¡Ah! Me dejaba al marido, ¡otro niño al que hay que atender!,  y más familia…, amigos, muchos amigos y buenos.

Yo de verdad lo llevo bien porque tengo a un gran compañero de viaje, Jesús, y gracias a Él puedo seguir caminando por este “valle de lágrimas” y siempre ayudando porque cuando ayudas tu eres la mas beneficiada, te sientes dichosa y con mas fuerzas. Cuando alguien te necesita nada puede impedir que tu le ayudes.

¡Ah! Se me había olvidado decir que: yo soy de Nagusilan.

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